El hambre: un problema ético de imperativo moral

900 millones de personas sufren hambre crónica en todo el mundo, según Naciones Unidas. 171 millones de niños menores de 5 años padecen malnutrición y más de 2.000 millones de hombres y mujeres viven con hambre encubierta. Un asunto que lejos de superarse en el siglo XXI, se ha convertido en un grave problema de interconexiones globales que nos afecta a todos.

La impotencia de las acciones políticas en la lucha contra esta pandemia, las reiteradas crisis alimentarias y el aumento de la conciencia ciudadana que asume como un derecho fundamental y universal el acceso a una alimentación suficiente, saludable y sostenible fue el hilo argumental de la conferencia impartida por el profesor Eduardo Moyano (IESA-CSIC) que presentó el concepto de «seguridad alimentaria» y «ciudadanía alimentaria» en el Seminario sobre Ecología Integral: Desafíos y Experiencias, celebrado este fin de semana en la sede de la fundación Pablo VI.

«El concepto de ciudadanía alimentaria, que sería un estado evolutivo de la seguridad alimentaria que nos resulta más familiar, implica que los consumidores de alimentos se conviertan en sujetos activos con derecho a participar en el ámbito público para reorientar los modelos de producción y consumo en beneficio de nuestra salud y del planeta que habitamos», asegura el profesor Moyano. Aunque cuestiona su vigencia ya que «el problema del hambre no es sólo de producción de alimentos sino de pobreza y condiciones de vida y modelos de desarrollo inadecuados. Es un problema global con manifestaciones diferentes en los países no desarrollados y en los que sí lo están…, pero sufren de crisis como la gripe aviar o la obesidad».

¿Es la cara y la cruz de una misma moneda? Esa pegunta que ya nos involucra a todos y nos acerca a una realidad que en demasiadas ocasiones vemos con el tamiz de la pantalla de la televisión, es un problema creciente que ya afecta al 20% de la población adulta en España, según  un estudio realizado por la Sociedad Española para el Estudio de la Obesidad (SEEDO), que revela que el 82,2% de las personas que padecen obesidad no se perciben como obesas. Y según la OMS «pese a los esfuerzos realizados, se estima que uno de cada tres jóvenes tiene sobrepeso u obesidad en Europa».

Retomando la exposición del profesor Moyano, insiste en que la producción de alimentos ha dejado de ser un asunto agrícola para convertirse en un tema que interesa al ciudadano, y auspicia que el consumo de alimentos tiene que dejar de ser un asunto privado del consumidor, puesto que sus decisiones tienen efectos en otros ámbitos, como el medio ambiente. De ahí la importancia de empezar a dialogar sobre el derecho de los ciudadanos a una alimentación de calidad, pero también del deber de realizar un consumo responsable, que tenga presente los efectos que provoca lo que comemos sobre nosotros mismos, las generaciones futuras, el desarrollo de otras poblaciones, o el respeto al medio ambiente, es decir, a la casa común.

«El propio concepto de ciudadanía alimentaria ya está cuestionado y es insuficiente porque en estos momentos tenemos que superar los enfoques reduccionistas, impuestos de arriba abajo sobre el hambre, que han estado vigentes en la segunda mitad del siglo XX, para admitir que es un problema complejo, que cuestiona los modelos de desarrollo global, ya que los sistemas de producción, distribución y consumo de alimentos están interrelacionados. Y está cuestionado entre otros factores —asegura el profesor— porque tenemos que reconocer que las políticas no han avanzado como teníamos previsto en la erradicación del hambre, porque ha aumentado la conciencia ciudadana que percibe como algo inadmisible  en un mundo tan globalizado y donde se desperdician toneladas de alimentos que no se elimine esta problemática. Porque se ha comprobado que se precisa de políticas integrales, que no solo aborden la ingesta de alimentos. Porque se ha generado un distanciamiento entre productores y consumidores, que no saben la trazabilidad de la cadena alimentaria. Y sobre todo porque se percibe como un problema ético de imperativo moral».

Además de este asunto durante la jornada se abordó el reto de la sostenibilidad energética, se compartieron experiencias e iniciativas de compromiso con la ecología integral y posibilidades de aplicación en las diócesis, con un debate transversal que puso de manifiesto el compromiso individual y colectivo de los asistentes a comprometerse con el cuidado de nuestra casa común.

Texto y fotografía: Elizabeth Ortega