Eres un bien para mí

Por Gabriel María García Serrano

«En los confines del universo, en los corazones destrozados, en el lugar de los muertos, en las periferias existenciales, es donde Jesús resucita. En nosotros». Con estas palabras el padre Gabriel María García Serrano, sacerdote Diocesano de Madrid, ordenado en la Catedral de la Almudena en diciembre del 2001. Licenciado en Historia Contemporánea de España. Vicario parroquial de Santos Apóstoles Felipe y Santiago el Menor en el barrio de la Elipa (Madrid) y desde el 2005 párroco de San Ignacio de Loyola de Torrelodones, nos invita a reflexionar sobre el sentido de este tiempo de Pascua.

Los confines de la tierra han contemplado, la victoria de nuestro Dios
(salmo 97)

Durante la Vigilia Pascual de este año, volviendo a escuchar las narraciones de nuestra historia de salvación, levantándonos al finalizar cada uno de los 8 salmos para orar juntos; pensaba que todo lo que nos van narrando de la creación del mundo, del sacrificio de Isaac, del paso del Mar Rojo, del perdón de nuestros pecados o la transformación de nuestros corazones de piedra en carnales, son imposibles que han sucedido. Me venía a la cabeza aquella famosa narración en que al salir de la Parroquia, el padre le pregunta a su hijo qué le han contado hoy en catequesis. El niño le dice al padre: «Nos han contado el Paso del Mar Rojo, Papá. Al parecer hubo una gran batalla. Los cazas israelitas eran mucho peores que los egipcios. Sus ejércitos estaban en minoría. Pero gracias a los zapadores israelitas con sus antibombarderos y antimisiles, se sobrepusieron a las líneas egipcias, derrotándolas por completo». El padre muy extrañado le miró preguntándole: «hijo, ¿de verdad que te han contado esa historia en catequesis?» El hijo, viendo que su historia no había tenido mucho éxito, con la cabeza baja, le musitó al padre: «no, papá … Pero si te cuento lo que me han contado, no te lo creerías».

 

Desde la Resurrección de Jesús, aquel seguimiento que dejaba tantas veces atónitos a los apóstoles, ha pasado a ser la sorpresa constante de que lo imposible, es posible. La historia de la Iglesia lleva siendo una historia de imposibles desde hace 2.000 años. No ha habido generación en que los grandes analistas de la época no apuntaran a su próxima desaparición. Pero ni las persecuciones de los emperadores romanos, ni las incursiones de los bárbaros, ni las difundidas creencias paganas, ni el intento de los señores feudales por dominarla, ni los enfrentamientos con los reyes absolutos, ni la santa inquisición, ni los pecados de muchos papas, ni el intento de los Estados Modernos por domesticarla, ni las procesiones de la diosa razón por las calles de París durante la Revolución Francesa, ni las ideas ilustradas irracionalizando la fe, ni sus propias divisiones, ni la pederastia contemporánea de algunos curas, han podido acabar con ella.

Porque es precisamente ahí, en los confines de la tierra, donde parece que todo está ya perdido, donde Jesús realiza la excepcional novedad. Porque lo que es imposible para el hombre, es posible para Dios. Sigue siendo hoy posible para Dios, presente en medio de nosotros porque actúa acariciando las heridas, las soledades, las injusticias, las miserias que sufre el hombre moderno, con la cercanía de un cristiano. Con tu cercanía y con la mía. Porque nosotros somos los primeros que hemos sido también curados y resucitados. El signo más claro de la Resurrección de Jesús hoy, es que sigue actuando su salvación en este pueblo testarudo y terco que nos convertimos en alma del mundo, en la esperanza para todos.

Tú eres un bien para mí

Veni Sancte Spiritus

Veni, per Mariam