Francisco Romo: «La vida se despierta con vida»

«Tenemos que favorecer a quien ayuda más a educar. El riesgo muchas veces de las instituciones es entrar en una lógica de dominio, de poder y de control», afirma Francisco Romo Adanero, director académico del colegio San Ignacio de Loyola, durante la entrevista que mantuvimos con él tras la conferencia «El Arte de Educar», celebrado en el Teatro Auditorio de la Casa de Campo dentro del evento «EcuentroMadrid» que tuvo lugar en el Recinto Ferial del histórico jardín. A lo largo de la charla compartió con nosotros su visión de la educación, los retos actuales del sistema educativo, o el futuro de los colegios diocesanos.

Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Pontificia de Salamanca y licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad Autónoma de Madrid, es doctor en Humanidades por la Universidad San Pablo Ceu. Lleva 30 años desarrollando su labor docente en diversos centros públicos y privados.

Estamos ante un cambio de paradigma educativo, ¿cómo opina que los colegios pueden afrontar los retos del futuro?

Es un momento privilegiado pero complicado para la educación. Es verdad que venimos de muchos cambios y de muchas modas pedagógicas. Los colegios o tienen en el centro a la persona o es difícil que consigan el objetivo que deben de tener que es hacer crecer a las personas. En este momento puede haber en una sociedad plural mucha oferta educativa, donde se puede poner el acento en formar a las personas para el futuro, para el mercado; mucho inglés, mucha tecnología y eso está muy bien. Hay otras tendencias, que a veces lo que pretenden es generar un buen ciudadano, una buena persona. Se dice, en un colegio cualquiera, yo me conformo con que sean buenas personas, pero claro, eso no es suficiente. Lo vemos en el mundo de la cultura, de la economía, de la política. Vemos la necesidad que una sociedad tiene de tocar la fibra de hacer surgir una persona solida, que no esté en manos de la moda, de las tentaciones de la corrupción en todos los ámbitos; no solo en la política, también de esa debilidad que todos los hombres tenemos. Hoy el problema está en qué propuestas ayudan al hombre a ser más consistente y hacerle levantar la cabeza y vivir conscientemente como hombre para construir. Por eso digo que por una parte es un momento muy complicado, debido a que hay muchas ofertas que hay que saber distinguir, pero por otra parte es un momento privilegiado porque es evidente que quien ofrece algo realmente al crecimiento de la persona es quien acierta. Y ofrecerle algo al crecimiento de la persona significa ponerle en contacto con la realidad y con el significado de la realidad, porque eso tiene como consecuencia que la persona que estudia matemáticas, física, ciencias, cultura, historia, que son parte de la realidad, se descubre a sí mismo; como poeta, como matemático, como escritor, como músico, y ese descubrimiento de sí mismo a la vez te engancha más a estar en el mundo y en la vida.

¿Se están haciendo las cosas mal?

Bueno, hay cosas muy mal hechas, porque como decía antes en las modas pedagógicas se pone el acento en los instrumentos y en los métodos, muy necesarios, pero lo importante es el objetivo que un colegio tiene que tener claro. Hay cosas muy interesantes hoy en la educación en España, por eso hay que tener el radar muy bien puesto, para saber qué decirles a los padres. Ahora en nuestro centro estamos en periodo de admisión y les digo, elegid el colegio que queráis pero no vale cualquiera. Y están de moda muchos clichés. Un colegio de valores, eso lo dice todo el mundo, pero yo me pregunto: ¿qué significan los valores?, porque los valores son cualidades de las cosas, cualidades de las personas, pues interesa que haya un colegio que tenga un proyecto, que haya profesores y sujetos educativos que encarnen esas cualidades y esos valores, porque entonces se transmiten por osmosis, por contagio. Como podemos ver hay chavales que en su relación con los profesores descubren grandes cosas porque las han visto. La verificación en la educación es la relación alumno-profesor. Entonces hay colegios donde los alumnos son cercanos a los profesores, pero sin ser colegas, porque uno no deja de ser una autoridad para el alumno, autoridad en el sentido de ayudarle a crecer que es el sentido pleno de la palabra autoritas.

¿Los colegios de ideario cristiano siguen teniendo mucho que decir en una sociedad cada vez más alejada de la Iglesia?

¡Muchísimo!, y probablemente los que más tienen que decir. En efecto, un colegio cristiano consciente de su tarea y por tanto del valor, del objetivo, de la propuesta de significado que tiene, es lo más importante hoy en el mundo. Porque si nosotros ayudamos a entender a una persona el significado de las cosas, le estamos diciendo que está aprendiendo a relacionarse con ellas. Cuando una persona accede al mundo de la universidad o del trabajo y ha sido capaz de adquirir esa madurez, esa inteligencia para descubrir el significado de las cosas, entonces es una persona adulta, consciente de sí misma. Para los cristianos el significado de las cosas es Cristo, pero nosotros tenemos que pelear con la realidad porque no es un misticismo, no es un espiritualismo, que Cristo sea el sentido de las cosas es un hecho de dos mil años que puede encontrarse y que puede verificarse, como la historia de la Iglesia es la historia de este crecimiento de la persona, de la cultura y de la sociedad, para hacer una humanidad mejor. Con los errores de los hombres que siempre existen.

¿Existe una fórmula para incentivar a los jóvenes a que sigan estudiando?

Un profesor vivo. Un profesor vivo y consciente del significado de lo que hemos dicho antes, porque entonces en él ya encuentran la verificación de lo que le está diciendo. Cuando un profesor, por ejemplo, ayuda a leer el Conde de Lucanor; ayuda a leer El Quijote; cuando una profesora de matemáticas o de tecnología, entra entusiasmada por la realidad y por toda la amplitud de la realidad, y se pone a descubrirla, tira de los alumnos. La clave fundamental es esa pasión que se traduce en un trabajo educativo que a su vez implica una relación con los alumnos. Porque uno no es profesor apasionado para sí mismo si no para comunicar aquello que él ha encontrado como fascinación por la belleza, la verdad y la realidad.

La educación es la comunicación de uno mismo.

Sí, porque la educación te acompaña durante toda la vida, da igual que tengas tres años, o que tengas ochenta años, uno está siempre encontrándose a sí mismo. Porque nosotros somos seres imperfectos, llamados a la perfección. Por lo tanto la educación hace ese recorrido de ayudar al hombre, acompañándole a verificar que toda su vida está llamada a atender a eso que le satisfaga. Decía San Agustín «señor nos has hecho para ti, felicidad nos has hecho para ti, y nuestro corazón nunca estará en reposo hasta que no descanse en ti». Por lo tanto la educación es algo fundamental para encontrarse a sí mismo.

El San Ignacio de Loyola de Torrelodones se define como una escuela de vida. ¿Cuáles son vuestras señas?

Tener la antena abierta en la realidad. En los colegios se ha perdido mucho. En los años 70 y 80 del siglo pasado, estaban muy de moda los viajes de estudio, aquello se perdió. Los viajes se han dejado de hacer porque ya nadie se atreve a salir con sus alumnos fuera. Nosotros los estamos recuperando porque nos interesa la realidad, la vida, el mundo. La vida se despierta con vida, hay que estar cerca de la vida, allí donde haya vida. Evidentemente hay problemas y hay misterios, pero precisamente el misterio abre al hombre, no lo cierra. Quien cierra al hombre es el miedo, que ya es un cálculo suyo. No entiendo esto y lo veo como un enigma, entonces me cierro, porque tengo miedo. Como decía Einstein, un verdadero científico estima la realidad y su misterio porque es aquello que tiene que penetrar con la pregunta científica.

Como director de un colegio diocesano y vinculado al arzobispado de Madrid, ¿cree que aunando esfuerzos se podría conseguir más?

La Delegación de enseñanza lleva cuatro años haciéndonos trabajar juntos. Ha desarrollado cursos de innovación, de formación de directivos y ahora se está moviendo esta idea de hacer una fundación común. Yo creo que lo importante aquí, cada vez más, es trabajar juntos pero respetando la autonomía y el origen en el que cada colegio ha nacido, que es a la que tiene que ser fiel cada colegio diocesano. Pero siempre ha habido un sacerdote, un grupo de maestros, un momento de crisis en el que ha habido una innovación, una aportación o un liderazgo nuevo. Tenemos que favorecer quien ayuda más a educar. El riesgo muchas veces de las instituciones es entrar en una lógica de dominio, de poder y de control, que mata a los colegios. Los colegios tienen que servir al crecimiento de las personas y, todas las fundaciones tienen que estar al servicio de la educación y no de otros fines, que a veces este es el riesgo.

Hablar de la historia del colegio San Ignacio de Loyola, es hablar del éxito de un proyecto educativo, ¿cuál es la fórmula? ¿es extrapolable al resto de colegios diocesanos?

En sí mismo la innovación ha sido posible y es siempre posible porque hay un sujeto que la lleva adelante. De hecho nosotros hasta hace seis años no teníamos Bachillerato y lo comenzamos por iniciativa del padre Gabriel, de dar respuesta a las necesidades que teníamos. El gran logro ha sido ir implicando a un profesorado antiguo y añadiendo uno nuevo a medida que el colegio crecía, en la identidad del colegio, que por una parte pasa por el ideario cristiano y por otro pasa por la didáctica y la educación. De hecho muchos colegios están renunciando a hacer una pastoral a parte de la didáctica, porque la pastoral es transversal. Yo tengo a distintos profesores que son estupendos porque viven una identidad cristiana clara y es lo que les empuja al amor por la verdad en la ciencia.

¿Cómo se crean puentes entre todos los colegios teniendo objetivos y metas comunes?

Hoy la comunicación entre colegios es muy importante. Hoy más que nunca los colegios deberían aprender de la medicina, que uno descubra algo grande para que yo pueda ser mejor médico, eso es un beneficio para todos. Un colegio no tiene que tener miedo a la competitividad, a aprender de otros y a transmitir su conocimiento. El espacio que nos proporcionan los colegios diocesanos es una atalaya privilegiada para construir este camino común.

Jorge Sales / Fotografía: Jorge Sales