«La recompensa está en el esfuerzo y
no en el resultado»

Aceptó el pañuelo con pudor, sabiendo que no podía esconderse más detrás de unas gafas de ver empañadas por las lágrimas que fluían sin cortapisas. «Siempre quise ir a la universidad. Y ahora cumplo ese sueño en mi niño que va a ser enfermero…, sabe usted». Y lo único que yo sabía es que detrás de aquella emoción desbocada estaba el esfuerzo de una madre que se dejó la piel por brindarle a su hijo un futuro mejor, que el presente en el que estaba atrapada lejos de Madrid.  Una ciudad de puertas abiertas y acogida amable, por más que soplen vientos que aviven la endogamia y el hermetismo.

«Espero que alguna vez hayáis escuchado los nombres de Konrad Adenauer, Jean Monnet,  Robert Schuman, Winston Churchill , Alcide de Gasperi, Paul-Henri Spaak, Walter Hallstein y Altiero Spinelli los padres  fundadores de una Europa pacífica, unida y próspera que fueron capaces de acoger el sueño de una tierra en el que todos teníamos cabida» les impelía, el Delegado Episcopal de Fundaciones de la Archidiócesis de Madrid, David López Royo, a los alumnos de 2º de Bachiller congregados en Escuni, que le cede su auditorio al Colegio Diocesano María Inmaculada para celebrar cada año el acto de clausura del curso académico.

«Es importante no dejar que se difumine esta herencia porque hoy estamos todos aquí gracias a esa visión aperturista y de búsqueda del Bien Común, como fue la que movió a la madre Emilia y a la señorita Merche, que dedicaron sus vidas a que todos los niños, independientemente de su procedencia  o estatus tuvieran acceso a una educación de calidad».

Esta reflexión intimista del Delegado con la que se clausuraba el acto que reunió a más de 500 personas en el Salón de Actos del Centro Universitario de Magisterio Escuni, adscrito a la Universidad Complutense de Madrid, sólo fue el  broche de una ceremonia que arrancaba pasadas las 18.30 de la tarde del pasado viernes 19 de mayo con unas palabras de bienvenida de la directora general educativa, Silvia Prieto, en la que acudía a un proverbio africano para recordarnos a todos los presentes que: «Para educar a un niño hace falta una tribu».

Y esa tribu la configuran los padres, profesores y todos aquellos que interactúan con regularidad con la prole. De ahí que agradeciera a los padres la confianza en el proyecto educativo del María Inmaculada y se dirigiera a ellos como madre que ya tuvo que transitar ese desierto al que todo progenitor se enfrenta: abrir las manos y dejar que las crías echen a volar. «Es el mayor acto de sacrificio al que nos enfrentamos los padres: que vivan en libertad».

Haciendo un uso muy hábil de las pausas y silencios se dirigió a los alumnos con complicidad, aconsejándoles: «Es hora de hacer un pacto entre vuestra impaciencia por ser libres y sus miedos por dejaros hacer uso de esa libertad».

Recurriendo a su bagaje como bióloga explicó a los alumnos que en las últimas tres décadas se ha investigado mucho sobre qué pesa más en la configuración de la personalidad y habilidades de un individuo: la carga genética o el ambiente en el que se desarrollan. Para terminar concluyendo que ambas variables interactúan y que cada uno decidimos qué queremos primar.

Aunque quiso mantener la apariencia de control emocional, su cuerpo entero delataba que no le gustan las despedidas, y aquella lo era. A pesar de que en reiteradas ocasiones les recordó que volvieran para hacerles partícipes de sus progresos y de sus caídas. Y sin poderse desprender de ese discurso, que siempre acompaña a los profesores, insistió a los alumnos que se graduaban que: «No hay progreso sin educación. No os escudéis en que las perspectivas del futuro laboral  no son buenas, siempre serán mejores con formación. Y nunca olvidéis que nuestra recompensa está en el esfuerzo y no sólo en el resultado».

La del claustro de profesores estuvo en las intervenciones de Laura Cárdenas, Andrea de Vera y Carmen Nogales que en representación de los alumnos que se graduaban se dirigieron a sus profesores con la voz entrecortada: «todo comenzó hace seis años, cuando nos encontrábamos frente a la fachada del María Inmaculada con un par de centímetros menos y el miedo apoderándose de nosotros, ya que éramos los pequeños del instituto. Hoy nos graduamos un grupo de personas que conoce la esencia de jugar en la calle y que ha gritado eso de ‘por mí y por todos mis compañeros’. Nosotros somos aquella generación que hoy dice adiós a nuestro segundo hogar».

«Esos pasillos que hoy abandonamos han sido testigos de amores, amistades, risas y llantos, de agobios y explosiones de felicidad… De cada uno de los profesores que han pasado por nuestras vidas estos años hemos aprendido  las materias de sus asignaturas y su forma de mirar la vida. En especial reconocer a las tutoras Amparo, Mercedes y Mari Carmen su preocupación y generosidad… También agradeceros a las familias vuestro sacrificio por darnos la mejor educación, por fortalecer nuestros valores, impulsar nuestros sueños y creer en nosotros».

«Hoy comenzamos una nueva etapa, sabemos que estamos preparados para desplegar alas y volar, y seguir creciendo como seres humanos, gracias a todo lo aprendido y vivido a lo largo de estos años junto a vosotros. Nos despedimos con un hasta luego, porque siempre estaréis en alguna parte de nuestras vidas».

La ovación fue sonada y las manos se entrelazaron buscando un asidero donde sortear este torrente de sentimientos, que avivó la profesora de Lengua Castellana y Literatura, Mercedes Belmonte  al acudir a El Principito para decirle a sus alumnos: «Lo que estáis sintiendo no es miedo a caer sino deseo de volar…, no dejéis de hacerlo con el corazón en la mano».

Y así nos quedamos todos hasta que el aire solemne pero festivo de la imposición de becas a los alumnos nos condujo, a cada uno de los presentes, a ese tránsito tan personal como deseado que nos condujo a la edad adulta y a la que hoy con cierto aire de melancolía evoco con la banda sonora de la Jurado: «Que no daría yo por empezar de nuevo…».

El que acompañará a los graduados en este curso escolar será el himno universitario por excelencia «Gaudeamus Igitur», de autor anónimo, que se cantaba a mediados del siglo XVIII en las universidades alemanas y que en realidad se titulaba «De brevitate vitae». «Alegrémonos pues».

Elizabeth Ortega / Fotografía: Elizabeth Ortega