Sacramental de San Justo: 170 años de historia oculta

Si se hiciese una encuesta a pie de calle en cualquier ciudad española y se preguntara a la gente cómo definiría un cementerio, probablemente la mayoría respondería que son sitios oscuros, tétricos, casi fantasmagóricos, cargados de una atmósfera de tristeza y soledad por aquellos que dejaron la vida terrenal y ya no se encuentran entre nosotros. Pero si conseguimos mirar más allá de esa carga implícita que estos espacios tienen, seremos capaces en muchas ocasiones de ver auténticos monumentos repletos de historia y belleza. El arte que surge del culto y del respeto a los muertos sumado al aire de misticismo que envuelve los camposantos, son capaces de transformarlos en lugares admirables, transmisores de paz, serenidad y quietud, al saber que aquellos que reposan en sus nichos, tumbas y panteones, descansan plácidamente sin agitarse por los mundanales problemas que en muchas ocasiones nos hacen perder la esperanza por nuestro propio devenir.

Madrid es una ciudad perfecta para encontrarse con este tipo de cementerios, y entre los muchos ejemplos que posee destaca sin duda el de San Justo. Situado en el popular barrio de Carabanchel y vigilando las orillas del Manzanares, su construcción comenzó en el año 1846 terminándose poco después en el llamado Cerro de las Ánimas, donde ya se situaba el cementerio de San Isidro conocido inicialmente como de San Pedro y San Andrés. Pertenece a la Real e Ilustre Archicofradía Sacramental de San Miguel Santa Cruz, San Justo y Pastor y San Millán, la cual fue fundada el 26 de mayo de 1552, dedicada al culto del Santísimo Sacramento del Altar y posteriormente a la creación y gestión de diversos cementerios.

El proyecto estuvo liderado por el arquitecto burgalés Wenceslao Gaviña, bien conocido por la construcción de diversos complejos palaciegos, residencias y panteones funerarios, para la aristocracia del Madrid isabelino. En poco tiempo el nuevo espacio de sepultura se convirtió en un enclave de referencia para la sociedad madrileña de la segunda mitad del siglo XIX, por lo que sufrió sucesivas modificaciones y ampliaciones. Del inicial patio de San Miguel, se pasó al levantamiento del patio de San Justo en 1856, seguido del de Santa Cruz en 1874, el de Santa Catalina en 1882, el de San Millán en 1884, y por último el patio de Santa Gertrudis en 1886, dividido en cinco secciones bien delimitadas las unas de las otras. Esta expansión tuvo su explicación en la epidemia de cólera que azotó la capital del reino durante el año 1887. Al haber una demanda inmensa para enterrar en el cementerio, desde la Sacramental se solicitó al Ayuntamiento licencia para construir un nuevo patio, y teniendo en cuenta las excelentes relaciones que en ese momento existían entre la archidiócesis y las autoridades locales, no se pusieron muchas trabas para comenzar las obras. No se volvieron a realizar cambios hasta bien entrado el siglo XX, cuando en 1932 se construyó el patio de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, que transformaba por primera vez la morfología del recinto, quedando en las zonas históricas los grandes monumentos funerarios esculpidos por grandes artistas o las galerías con columnas de hierro y granito. En contraposición se pasó a un estilo más sobrio, con la colocación de grandes losas de granito. Con el levantamiento militar del 18 de julio de 1936 y la guerra civil que desencadenó, las cercanías del enclave fueron testigos de duros combates entre las fuerzas sublevadas y las defensas republicanas de Madrid, por lo que este quedó prácticamente destruido durante la contienda.

Con el cementerio seriamente dañado y con las arcas sacramentales en estado ruinoso, la recuperación del camposanto se hizo muy costosa, por lo que en 1952 la Sacramental de San Justo, San Millán y Santa Cruz pasó a depender del arzobispado de Madrid. Así a partir de la década de los 50, con grandes esfuerzos, se pudieron empezar a reconstruir las ruinas que habían quedado de la guerra, e incluso a añadirse nuevas secciones al patio de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro. Las dos últimas ampliaciones se realizaron en 1975 con el patio de las Ánimas y en 1978 con el patio de San José, dándole la forma definitiva con la que nos encontramos en la actualidad. En las últimas décadas los encargados del cementerio de San Justo han estado trabajando de manera incansable para devolver a este santo lugar el esplendor que tuvo durante los primeros años de su construcción, convirtiéndolo de nuevo no solo en un sitio digno para el reposo de nuestros seres queridos, sino también en un pedacito de la historia de Madrid que merece la pena visitar.

 

Juan Antonio Pino Gutiérrez es actualmente el mayor responsable de San Justo y nuestro anfitrión durante la visita que realizamos para disfrutar de las bellezas ocultas que se esconden entre panteones, mausoleos y sepulcros. Avanzando por los distintos patios nos cuenta cómo fue su llegada en febrero de 1971, siendo un «chavalín». También recuerda el estado lamentable en el que se encontraban las instalaciones: «el espacio que separaban las distintas tumbas en el patio de Santa Gertrudis lo cubrían hierbajos que llegaban hasta las caderas, además de estar repletos de verjas que hubo que levantar, para retirar los hierbajos y poder asfaltar el suelo». Nos comenta como el barro lo inundaba todo y las dificultades que tenían entonces los carruajes funerarios, a veces tirados por caballos, para acceder al lugar donde se iba a enterrar a alguien. Impresionan las anécdotas que cuenta sobre la guerra civil, cuando la zona quedó en la retaguardia del frente, y de cómo los odios fraternales que se despertaron en aquel periodo se dejaron notar aquí con tumbas que fueron profanadas o con estatuas sacras que se convirtieron en improvisadas dianas de tiro. Hoy la imagen nada tiene que ver con los recuerdos de Juan Antonio. El orden y la limpieza están presentes en cada tramo que pisamos, dónde los más mínimos detalles se han cuidado. La información no falta en ningún patio, para que los visitantes estén bien enterados de dónde se encuentran y qué se van a encontrar. Durante el paseo nos acompaña un hilo de música clásica que hace, si cabe, más bonito el recorrido. Y es en ese momento cuando uno se da cuenta de que el sacrificio y el trabajo duro tienen su recompensa. Y es que sin la apuesta que realizó Juan Antonio, junto a su hermano Juan Carlos, junto a Luis Andrés Soto, entre otras muchas personas que han dedicado parte de sus vidas a este lugar, nada de esto hubiera sido posible.

Dentro de sus innumerables atractivos, donde se pueden observar magníficos panteones, esculturas y demás elementos funerarios, destaca la gran cantidad de personajes ilustres que descansan en sus terrenos. Juan Antonio dice: «todavía quedan muchos por salir, pero no sabemos dónde están, así que cada cierto tiempo aparece un escritor, un actor o alguien de importancia». Algunos ejemplos de estos prohombres y promujeres que dan doble carga de interés a la sacramental son: Juan Nicasio Gallego, poeta liberal del siglo XIX, en el patio de San Miguel; Adelardo López de Ayala, famoso poeta y político liberal conocido por su intervención en la Revolución de 1868, que reposa en el patio de San Justo; en el panteón levantado por la Asociación de Escritores y Artistas Españoles, duermen su sueño eterno grandes escritores como: Larra, Espronceda, Rosales o Ramón Gómez de la Serna; el músico Federico Chueca, el médico Gregorio Marañón, la legendaria Sara Montiel, o el anarquista Melchor Rodríguez García conocido como «el ángel rojo», se suman a esta lista.

Y es que, como hemos estado contando, los 102.000 metros cuadrados que el cementerio ocupa, son un edén repleto de historia, de leyenda, de arte, de religiosidad, de descanso y de paz, que permanece desconocido para la mayoría de madrileños. La sacramental de San Justo dispone de una página web donde se puede obtener más información sobre la misma, así como consultar horarios de visita y demás datos relevantes. Aunque, lo más recomendable, es acercarse directamente y dejarse llevar a un tiempo pasado pero también presente, ya que «solo mueren aquellos que caen en el olvido».

Texto y Fotografía: Jorge Sales