Una segunda oportunidad

Desde el Real Santuario de Montesclaros,  situado entre las laderas del Pico Solaloma y el río Ebro, se divisa una extensa área de tierras que miles de peregrinos cruzan cada año desde hace siglos, para orar ante la virgen de Montesclaros, que según la tradición  la descubrió un pastor en  una cueva en 1178.

La invasión árabe y napoleónica, la desamortización de Mendizábal y la contienda española fueron algunos de los episodios históricos que dejaron su huella en este enclave milenario, en el que se percibe una energía especial macerada por el paso del tiempo y de los devotos que rinden culto a  la virgen, a la que le atribuyen numerosos milagros. Para algunos ese favor se lo ha concedido a modo de una segunda oportunidad.

De Madrid a  Cantabria la temperatura desciende casi 20º, y en pleno mes de julio se agradece. Durante el trayecto la policromía del paraje te va anunciando unas tierras húmedas y el discurrir de los pasos de los lugareños que vas dejando atrás mientras cruzas los pueblos de apenas una decena de calles, te va advirtiendo que el tiempo se ralentiza. El aire fresco te trae sonidos del silencio incapaces de reconocerse sino empiezas a transitar por un viaje interior que tiene la primera parada en el leve saliente del término de Valdeprado del Río, entre las laderas del Pico Solaloma y el río Ebro, desde el que se divisa el Real Santuario de Montesclaros.

Tenemos que remontarnos a la primera mitad del siglo XIII para datar la gracia por la que el rey Fernando III, el Santo concede a Montesclaros el título de Real Santuario, dotándole de beneficios, capellán y ermitaño, en compensación por la ayuda que le ofrece la flota cántabra en la reconquista de Sevilla, lo que se traduce en ingresos económicos y en afluencia de peregrinos.

En 1686 y por petición del rey Carlos II, el monasterio pasa a estar a cargo de los dominicos, que para ofrecer albergue a los devotos que vienen a ver a la virgen realizan  una hospedería que comunican con el santuario a través de una gran escalera de piedra que se termina en  1884. Desde entonces ya se entendía que aquel enclave tenía que ser un espacio de comunicación y encuentro entre los frailes y cualquiera que llegara al monasterio buscando alimento para el cuerpo o el alma.

Ese legado intangible se ha mantenido con el transcurrir del tiempo y ahora en la segunda mitad del 2017, la hospedería de Montesclaros,  alberga un proyecto que se ha convertido en el motor vital de Antonio Rodríguez, gerente de la Fundación San Martín de Porres, que presta servicios desde hace más de 30 años a personas sin techo o en riesgo de exclusión social en Madrid.

“Todo empezó en la finca las Bárcenas, que fue el palacio de los condes de los Bárcenas construido a finales del s XIX. En 1940 se convirtió en casa de ejercicios de los dominicos. En la década de los 80 se habilitó como residencia de ancianos y ahora la hemos adquirido la fundación San Martín de Porres, para convertirlo en un hotel rural, integrado en una explotación ecológica que contempla un huerto, un criadero de gallinas, una gestión integral de energía renovable y si tenemos suerte, unas pozas de aguas termales que nos permitan ofrecer también los servicios de balneario.  El objetivo último de este proyecto no es la rentabilidad económica, sino la sostenibilidad y la posibilidad de ofrecerle a personas en exclusión social, un proyecto vital  con un desempeño laboral y unas relaciones personales que les devuelvan al cabo de un tiempo a una vida normalizada.

El personal  que atenderá estas instalaciones vendrá de los centros de acogida de Madrid, mayoritariamente sin papeles, aquí los contrataremos y eso les permitirá dar el primer paso para la integración. En Madrid atendemos a casi 150 personas con un perfil  apto para beneficiarse de este proyecto, tanto como trabajadores o como usuarios.

La prestación de servicio será un  hotel rural  que se ajustará a la normativa, pero con el plus añadido de que las personas que lo van a atender vienen de situaciones de exclusión en las que todos podemos caer. La idea es establecer además espacios de relación inclusiva entre ellos y la sociedad en su conjunto, en la que se eviten guetos y espacios estigmatizados.

En estos momentos hay ya tres personas que trabajan en la finca Las Bárcenas: Casimiro, Luis y Hakim, a los tres se les ofreció la posibilidad de un contrato y el traslado a esta explotación para ejecutar un proyecto de huerto ecológico y las primeras obras de desescombro y limpieza del palacio. Después de 2 años tenemos la licencia de construcción y queremos empezar las obras en agosto y la inauguración en la primavera. Con una oferta de hotel rural en el que se consumirá los recursos de la propia huerta ecológica, de la cría de gallinas y se abastecerá de energía renovable, todo de modo transversal.

Estamos funcionando como una familia, respetando la normativa que nos exigen los servicios sociales, pero poniendo el énfasis en que sea una experiencia de humanidad. La prueba de ello es que estas tres personas  viven aquí solas. Y eso es importante para ellos, porque les genera autoestima  y para nosotros porque nos confirma que no necesitan la presencia nuestra o de un educador si se les facilita espacios en los que desarrollen un  trabajo con el que dignificar sus vidas y con una perspectiva que favorezca el encuentro.”

“La hospedería de Montesclaros es un proyecto de continuidad de la labor que desarrollaban los dominicos desde hace siglos y viendo que nos habían  ofrecido el proyecto de las Caldas y que ya estamos poniendo fechas a la inauguración de ese hotel rural,  gestionar la hospedería se convertía en un reto de nuestra capacidad de gestión y prestación de servicios de  calidad como queremos ofrecer en la hacienda las Bárcenas. La diferencia principal es que la hospedería del monasterio es un lugar vinculado íntimamente al santuario, en el que los huéspedes buscan el acompañamiento espiritual y una cercanía casi familiar entre sí y con los frailes dominicos. Lo que vincula a los dos proyectos es que en ambos,  las personas buscan lugares de encuentros consigo mismo y con el otro. Sin distinciones de procedencia o pertenencias.”

La alternancia de lluvias y cielos despejados nos acompañó durante los dos días de nuestra estancia, invitándonos a entender el vínculo indisoluble que tenemos con los tiempos de la naturaleza. Sin  saber porqué te alimentaba la aceptación de los claroscuros vitales de todos y cada uno de nosotros, que se compartían alrededor de una mesa, en los exteriores del monasterio o en el bar La Casuca, que antaño vendía recuerdos de la zona y ahora tras la implicación personal que le ha otorgado Juan Carlos, el cubano, cada tarde sirve de punto de encuentro para el café y de pub ochentero tras la cena.

Una de las mayores perversiones que hemos auspiciado con el orden económico actual es que el pobre se sienta culpable por serlo. Y eso explica que a las personas con las que hemos convivido estos días y a los que la fundación San Martín de Porres les ha dado una segunda oportunidad les avergüence que se relate su historia con nombres y apellidos. Al fin y al cabo sus vidas corren paralelas a las de miles de inmigrantes que huyendo de una dictadura o de unas condiciones tan precarias que te condenan a la miseria perpetua, busquen en España, la puerta de entrada a un paraíso que se convierte en purgatorio. Hispanos, africanos o emigrantes de la Europa del Este configuran un triángulo que nutre los soportales de los bancos de una gran capital  como Madrid.

También se sientan a la mesa aquellos a los que las adicciones, un mal divorcio o la crisis económica los ha dejado sin red y con el paso del tiempo los ha condenado a la calle. La enfermedad mental se suma a esa pócima envenenada que todos algún día podemos beber. Y el tan laudado Estado de Bienestar, que nos hemos brindado, no tiene los recursos necesarios ni la mirada transversal, que evite computar los logros en los plazos electorales, para dar una solución de continuidad que mitigue tanto sufrimiento.

Permítanme compartir alguna de las confesiones que me regalaron como experiencias vitales omitiendo su emisor: “Llegué a España en el 2000 con la ilusión de montar mi empresa. En los países del Este si juegas limpio es difícil progresar. Empecé en los campos, luego de peón y terminé montando mi propia contrata. Llegó el 2007, la crisis, me dejaron colgados 75.000 € de facturas y yo tuve que pedir a un amigo 15.000 € prestados, para pagarle a mis trabajadores y al menos quedarme con la conciencia tranquila, aunque durmiendo en un coche. Allí me refugié leyendo la Biblia, las noches eran muy largas y no quería hundirme aun más. En esa situación conocí a Antonio. Empecé a ver de nuevo la luz. Me ofreció venirme a Santander para poner en marcha el proyecto del huerto ecológico, la explotación de las gallinas y este hotel rural con el que quiero demostrarle que no se ha equivocado confiando en mí”. Apenas tiene 50 años, su mirada evita chocarse con la mía, su voz se entrecorta y me ofrece coger a  una de sus gallinas para que compruebe lo suave que está. La acaricia derrochando amor contenido. Doy fe de que, de algún modo, la gallina se lo devuelve poniendo unos huevos, que fritos están para cantarles por bulerías.

De hecho la cocina de la hospedería Montesclaros ya es un reclamo como oferta gastronómica. El boca a boca ha hecho efecto y es una tentación comer en una hospedería dominica por 10 € con botella de vino, dos platos y postres.  Su cocina ecológica con los productos de la huerta de la explotación de Bárcenas, tiene el nombre propio de Julio. Es una sonrisa tatuada en 70 kilos de pura energía, que está haciendo un surco entre los metros que separan los fogones y la mesa de los comensales, a los que se acerca para ofrecerles repetir o contarles la receta de lo que saborean y que al quitarse  el delantal lo mismo te canta una ranchera que un fandango alosnero al caer la noche. “Yo no estoy aquí trabajando, siento que esto es mío, no tengo reloj”. Julio forma parte de ese equipo de profesionales externos que están poniendo en marcha el proyecto de la hospedería y con los que se está comprobando las necesidades que va a precisar el hotel rural de Las Caldas cuyas obras ya han comenzado.

A este equipo se suma el de Israel, el informático que junto con Antonio tienen muy claro que se debe explotar los recursos etnográficos, naturales y socioculturales que da la zona, creando una marca propia. Y están trabajando con las entidades y autoridades locales para que sea una realidad más pronto que tarde.

 

Andrés, abogado de profesión y con una vocación tardía, que le ha llevado a estudiar teología y a vivir con los frailes en Montesclaros, se convierte en nuestro cronista oficial y nos narra cómo “en las excavaciones realizadas en 1966 se descubrió una cripta prerrománica, situada sobre la cueva donde se encontró a la Virgen. En ella apareció un altar de piedra con simbología céltica en el frontal lo que induce a suponer que la imagen de la Virgen llegó a Montesclaros por cristianos que huyeron de la invasión árabe en el siglo VIII. Frente al altar se encontraron también los sarcófagos de dos caballeros de la Orden de San Juan de Jerusalén, uno de ellos es Martín Fernández, señor principal de Los Carabeos, enterrado en el año 1385. En el otro sarcófago, según la inscripción del anterior, se encuentra enterrado Martín González, que quizás fuese su escudero”.

Se regodea en cada uno de los episodios históricos que nos hablan de la invasión árabe o napoleónica, la desamortización de Mendizábal o la contienda española que dejaron su huella en este enclave milenario, en el que se percibe una energía especial macerada por el paso de los siglos y de los miles de fieles que  cada año le rinden culto a la virgen de Montesclaros a la que le atribuyen numerosos milagros.  “Según la tradición  un día de 1178, un pastor de Los Carabeos siguiendo a uno de sus toros que iba y volvía continuamente a un matorral casi inaccesible descubrió una imagen de la Virgen. Organizó una procesión en la  que se subió al monte rezando y cantándole a ésta, tradición que permanece hasta nuestros días”. Nos relata sin mirar el reloj y con una narración minuciosa y prolija que va aderezando con destellos de suspense.

“Lo mejor del monasterio está escondido en la cueva que vais a conocer y que pudo acoger a cristianos perseguidos que trajeron consigo una  imagen de la Virgen. A juzgar por la capilla prerománica la pudieron traer los visigodos alrededor del año 1000  y en algún momento fue enterrada para preservarla, pero se perdió. De hecho, la imagen actual es del siglo XIV  con algunas restauraciones y fue coronada canónicamente el 10 de septiembre de 1967, después de ser nombrada Patrona de la Merindad en 1721y Alcaldesa Mayor en 1954”.

Con toda suerte de misterio Andrés nos conduce hasta la cueva donde se encontró la primera talla y por primera vez el silencio le gana la partida a su locuacidad.

No puedo evitar ceder a la atmósfera que rodea ese espacio sagrado y dejo como se ha convertido en tradición, la foto de mi pequeño para que su manto lo proteja. Son muchos los favores que se cuentan de ella. Para algunos de los usuarios de la fundación San Martín de Porres, ese milagro se lo ha concedido a modo de una segunda oportunidad.

http://hospederiamontesclaros.org/