“Yo solo soy un cura de barrio”

“Cristo es alguien vivo, no es una pieza de museo” afirma Ignacio María Fernández de TorresConsiliario de Hermandades del Trabajo-Centro de Madrid y de la Comisión de Justicia y Paz de Madrid, quien nos explica las relaciones actuales entre Iglesia, sociedad y política. Con motivo de la ponencia titulada “Una aproximación a la relación Iglesia-Poder Político”,  el Consiliario expuso sus ideas el pasado sábado en el centro de Madrid de Hermandades del trabajo en un debate cercano que se llevó a cabo en su sala de consejos. “Yo solo soy un cura de barrio”, sentencia con orgullo Ignacio María Fernández de Torres, dejando claro que antes que profesor, su vocación es ser un sacerdote cercano. Su sueño se ha cumplido.

 

Por María Suárez

¿Qué vinculación tiene usted con Hermandades del Trabajo, fundada por el sacerdote Abundio García Román en 1947?

Soy el consiliario. Por tanto soy el sacerdote que acompaña espiritualmente al movimiento y a todos sus militantes. Tengo como tarea asesorar, orientar y garantizar la comunión del movimiento con el Obispo. Los sacerdotes tenemos voz en el movimiento pero no voto, ya que Hermandades del Trabajo es un movimiento seglar, de laicos. Nuestra tarea es que estos seglares tengan el acompañamiento teológico, espiritual y pastoral de un sacerdote, desde la orientación espiritual, celebración de los sacramentos, ayudarles en las cuestiones teológicas pastorales…

Yo digo cariñosamente que somos simplemente servidores del movimiento desde la especificidad de nuestra vocación y de nuestro ministerio sacerdotal.

 Ignacio María Fernández de Torres, Consiliario de Hermandades del Trabajo-Centro de Madrid y de la Comisión de Justicia y Paz de Madrid
Ignacio María Fernández de Torres, Consiliario de Hermandades del Trabajo-Centro de Madrid y de la Comisión de Justicia y Paz de Madrid

 

 

 

 

 

 

 

 

¿Profesión y vocación van de la mano?

Sí, mi profesión es ser profesor ya que doy clases en la Universidad Pontificia de Salamanca (final del audio), aunque dar clases es algo que me gusta tanto que es como un hobbie. Además, soy cura. Que para mí no es una profesión, es mi vida, mi vocación. Yo no me levanto y cuando salgo a la calle me pongo a trabajar de sacerdote, sino que me levanto sacerdote, duermo sacerdote y vivo en clave de sacerdote. Otra cosa es que lo haga bien o mal, pero eso ya no soy yo quien debo juzgarlo. Como digo de mí mismo yo solo soy un cura de barrio porque he estado 27 años de mi vida sacerdotal en barrios y parroquias pero me siento muy feliz en mi actual destino como Consiliario de Hermandades del Trabajo.

¿Qué oferta el Espacio Atticus a la ciudad de Madrid?

Es una iniciativa que se comenzó a llevar a cabo hace unos años desde Hermandades del Trabajo con la finalidad de que personas que conocieran, o no, el movimiento se juntasen una vez al mes para reflexionar sobre temas de la actualidad y de los cuales hacemos una lectura en clave cristiana.

¿Cuáles son los pilares que fundamentan su ponencia “Una aproximación a la relación Iglesia-Poder Político”, que hemos podido disfrutar este sábado en el Espacio Atticus de Hermandades del Trabajo? ¿Cómo debe relacionarse la Iglesia con el poder político?

Más que una ponencia, nuestro objetivo es el de llegar a la gente con una charla-diálogo que invite a la reflexión activa sobre un tema que para mí tiene especial trascendencia y es que la Iglesia tiene un déficit muy importante de una presencia pública evangelizadora.  A la hora de hablar de la presencia pública de los cristianos, hay que encarnarse dentro de las estructuras de una sociedad civil.

La realidad profana y la religiosa son autónomas pero no independientes.  Hay un punto de unión sagrado y precioso que une tanto la tarea de la Iglesia como la tarea del poder político y es que ambas tienen que colaborar porque tienen el mismo objetivo, el de servir al bien común.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Si hablamos de Iglesia y Política, qué papel ha jugado en el conflicto político de Cataluña ahora que ya se ha configurado el gobierno?

Es un papel bastante complejo de analizar. Por una parte hay varios sectores de la Iglesia de Cataluña que están muy, muy identificados con el independentismo, hay sectores que lo están de una manera más dialogante, moderada y serena y también es sabido que hay miembros de la jerarquía episcopal de Cataluña que han tratado con sosiego y calma ese debate… Entonces el papel que tiene la Iglesia es muy dispar. Las intervenciones de la Iglesia en Cataluña han sido muy plurales, como es su realidad.

¿Cuál es su valoración?

Mi valoración es que debemos orientarnos a construir un mundo sin fronteras y no al revés.  El padre Arrupe, que fue un grandísimo personaje Jesuita de la historia, decía que cualquier proyecto más pequeño del mundo se le hacía a él muy estrecho. Yo creo que no hay nada más anticatólico que los independentistas, porque la fe católica nos lleva a construir un mundo universal con una fe universal donde las fronteras y naciones como mucho son puras estructuras humanas que nos deberían ayudar a gestionar el bien común. Creo que los cristianos deberíamos ser los grandes derribadores de toda frontera porque detrás de los nacionalismos radicales y excluyentes en el 99% de los casos suelen latir ideas xenófobas, imperialistas…

También soy el consiliario de la Comisión diocesana de Justicia y Paz y como tal creo que deberíamos aprovechar que vivimos en un mundo globalizado para globalizar los derechos humanos y la dignidad humana y no para crear fronteras que lo único que nos hacen es volvernos más débiles, ya que como indicaba el papa Benedicto XVI el poder económico se ha comido al poder político. Frente a un mundo globalizado económicamente, la respuesta no puede ser un mundo parcializado nacionalmente. Tenemos que responder con una política global donde la Iglesia creo que tiene mucho que aportar al mundo, precisamente desde su fe ya que Dios es padre de todos, Jesucristo ha muerto por todos y el Evangelio quiere construir el Reino de Dios para todos. Esta es mi humilde opinión.

A finales de los 60 hubo una aproximación de la Iglesia a las necesidades específicas que tenían los trabajadores como colectivo de fe, pero a su vez como unas necesidades propias. Casi 50 años más tarde, ¿se está viendo la necesidad de volver a poner en el centro a la persona en su origen más humilde? ¿La Iglesia sirve a la clase trabajadora?

La Iglesia siempre ha servido a los pobres, y los pobres siempre han sido los trabajadores o aquellos en edad de trabajar que ni siquiera tenían trabajo. La Iglesia a lo largo de la historia ha habido veces que lo ha hecho mejor o peor pero la Iglesia nunca se ha olvidado de los pobres. El problema es que la Iglesia no ha sabido, o no ha querido, descubrir la raíz estructural, institucionalizada de la pobreza. Sin embargo la Iglesia ha estado cercana a los trabajadores y a los pobres desde los tiempos de Cristo.

A lo largo de la historia ha habido esa necesidad y es cierto que en el siglo XIX la Iglesia tomó conciencia de este problema de una manera novedosa y desde entonces se ha ido tratando de responder esa realidad pero esta respuesta se ha hecho desde un grupo minoritario dentro de la Iglesia.

Hoy en día, la pastoral del trabajo no es lo que más se ha cuidado en la formación de los sacerdotes ni en la de los agentes de pastoral y eso refleja un terrible drama que tenemos en la Iglesia.

Por lo tanto, sí, estamos sirviendo a la clase trabajadora pero de una manera muy deficiente y muy escasa todavía.

¿Que puede hacer la Iglesia por acercarse más a la gente?

A mí que me gusta la cocina (risas), uno de los grandes cocineros de todo el mundo dijo que para que un plato salga exquisito hay que cuidar toda la cadena de producción de ese plato desde el origen de las materias primas hasta el emplatado.

-Y aplicando esto a la Iglesia-. Necesitamos abordar el problema desde la raíz. Ésta es que aún seguimos sin descubrir la dimensión social del hombre y por lo tanto de la fe, seguimos teniendo miedo de las consecuencias que tendría para la Iglesia tener una presencia pública y social distinta desde los pobres y en clave de defensa de los derechos humanos y de los derechos de aquellos que son explotados.

A veces en la Iglesia hemos querido encenderle una vela a Dios y otra al diablo. Y eso es imposible. Por lo tanto, el problema de fondo se debería abordar introduciendo desde la catequesis, desde la formación de sacerdotes, etc, esa dimensión social que nace de la misma fe y por lo tanto descubrir que la fe de Jesucristo no es solo una luz que alumbra la vida personal sino que es capaz de alumbrar también la vida social.

Si la Iglesia no supera el miedo a la cruz y no asume que vivir la fe nos va a llevar a la cruz, esto nos llevará a una pastoral insulsa y poco profética. Es un trabajo lento de formación de fe y de iluminación pero “Zamora no se conquistó en una hora” y ese es el camino al cambio que debemos seguir. Sino, al final, la presencia de la Iglesia en el mundo no será ni significativa, ni auténtica, ni creíble, por lo que estaremos creando una caricatura de ella y eso no es evangelizador ni conseguiremos promover las conversiones. Uno se convierte ante lo verdadero y ante lo que descubre que es pleno y verdaderamente de Dios, pero si por los miedos y complejos de cada uno se va mutilando todo esto, lo que le presentas al mundo al final no es Cristo ni el Evangelio sino que se convierte en caricaturas que no conseguirán convertir a nadie.

¿Esta manera de mejorar la evangelización para acercar a Dios a las personas, responde a la visión que nos está marcando el Papa Francisco?

Sí, pero desde la Doctrina Social de la Iglesia, desde 1891, ya se van presentando todas estas cuestiones. El Papa Francisco nos está poniendo delante de los ojos una realidad que, por desgracia, no queremos mirarla. Él nos está ayudando a ver que la Iglesia tiene un tesoro. Como ya decía el Papa Juan XXIII, el gran tesoro de la Iglesia es su Doctrina Social y los tesoros no sirven si están enterrados, sino que servirán si lo sacas e inviertes como nos dijo Jesús con los talentos; hay que hacerlos fructificar. Cristo es alguien vivo, no es una pieza de museo.

El Papa Francisco ha lanzado mensajes sobre la necesidad  de sensibilizarnos especialmente con la pobreza en  el 2018. ¿Cómo percibe usted que muchas personas incluso teniendo trabajo sigan rozando el umbral de la pobreza?

Muy fácil, porque si una persona como uno de los frutos de su trabajo tiene un salario miserable, lógicamente estamos pauperizando a la clase trabajadora. En España, de cada 3 trabajos nuevos que se crean, 2 conllevan salarios tan bajos que no permiten a esa persona salir del umbral de la pobreza. Aquí hay un problema de raíz que la Doctrina Social de la Iglesia lleva denunciando mucho tiempo. El capital es fundamental en los procesos de producción económicos pero como nos enseñó Juan Pablo II en su encíclica Laborem Exercens el trabajo subjetivo son las personas, que valemos más que las cosas. Pero vivimos en un mundo, como denunció Benedicto XVI en su encíclica Caritas in veritate, que por desgracia le da más valor al dinero que a las personas.

Hoy en día el poder económico tiene más fuerza que el poder político y este sigue mirando hacia otro lado y es muy importante cómo se reparte el PIB. Si en España aumenta el PIB pero también aumenta la desigualdad, es que se están produciendo un reparto de riqueza enormemente injusto…

Por tanto, está claro que en España estamos haciendo crecer la tarta pero no estamos consiguiendo que la tarta se reparta mejor. Dios ha creado la tarta para que llegue a todos los seres humanos en suficiente cantidad, como nos indica la Doctrina Social de la Iglesia, por medio de la justicia y la caridad. La Iglesia tiene una tarea profética de denunciar leyes que impiden que se cumplan ese sagrado principio que es el Destino Universal de los Bienes.

¿El hecho de su origen sea argentino le ofrece una visión más próxima a los trabajadores?

En el Papa Francisco influye como en cualquier ser humano su historia, vocación y carisma. A eso se le suma que ha nacido en un país lleno de pobreza y con unos condicionantes históricos evidentes, además de que ha sido Jesuita y que se le note todo esto en su pontificado no es malo sino todo lo contrario. Lo que tendremos que preguntarnos es por qué el Espíritu Santo nos ha puesto como Sumo Pontífice a un jesuita argentino.

Desde su perspectiva como persona de Iglesia, ¿cuáles son para usted los retos para la mujer trabajadora?.

Tres retos fundamentales: el primero, que nadie por el hecho de razón de sexo, por ser mujer, tenga que trabajar en peores condiciones o recibir peor salario o ser marginada laboralmente.

El segundo, que aquellas mujeres que decidan ser madres no vean un obstáculo en la maternidad porque en sus empresas suponga un principio de exclusión.  Deberían ser apoyadas y animadas a ser madres porque con ello están regalando un don a la Iglesia y al mundo. El tercero, por desgracia sigue siendo una realidad terrible, que las mujeres son acosadas sexualmente tanto fuera como dentro del entorno de trabajo. Esto último debería ser masacrado, abolido, pulverizado, etc…

Y claro, si unimos salarios desiguales, acosos, violencia física o psíquica en su entorno y en el trabajo y no respetar la especificidad de la mujer como madre, se forma un frente de injusticia y marginación y de pecado (en clave teológica). La Iglesia no puede permanecer de brazos cruzados ni los ojos cerrados sino todo lo contrario, debe denunciar proféticamente todo eso y comprometerse evangélicamente en esa realidad transformándola.